Por una extraña razón ajena a sus pretensiones, Nailu se veía a sí mismo paseando junto a aquella playa llevando sobre sus lomos a varios niños de la casa de al lado. Al principio le pareció una experiencia un tanto extraña; nunca antes le había pasado nada parecido ¡él era una caballo de carreras, no un poni de feria!. Sin embargo, no era el primer día que lo traían a trotar por la arena con los zagales y hasta se había familiarizado con sus tiernas voces. Había por lo menos siete u ocho, en fin, no lo tenía claro porque los equinos no saben contar; sí, eran varios y se divertían turnándose para subirse encima de la chepa otrora reservada para grandes y circunspectos jockeys. ¿Era feliz así? ¿Se estaba transformando en el silencio de un tiempo que apuntaba ya claramente a la primavera?
Un curioso cuento del que no puedo predecir su final. Espero que, sinceramente, Nailu, consiga su llegar a su sueño. Por otra parte, no se si viene al cuento, pero las dos horas con En ya son realmente tranquilizadoras y apacibles. Por cierto, estuve estudiando biología con las canciones y (por mi parte) te ayudan verdaderamente a concentrarte, envolverte en tu mundo y aislarte con el exterior; en la soledad de mi cuarto.
ResponderEliminarDaniel Lucero