Llevaba ya casi una semana en su nuevo paradero y aún no había compartido su tiempo con nadie más que con ese viejo cuidador que le echaba de comer cada mañana. Su aspecto era el de un hombre cansado de la vida y sin más ilusión que completar su horario de trabajo lo antes posible para volver pronto a casa para, más tarde, marcharse a jugar a las cartas en el casino del pueblo.
El aire de este lugar era más húmedo del que respiraba en su hogar, se notaba la cercanía del mar. El viento se agitaba también con más frecuencia y mayor fuerza que donde era montado habitualmente por su Jockey para entrenar las carreras.
El sonido de unos niños jugando en la finca de al lado constituía el único aliciente en esta aburrida existencia a la que le habían sometido sin preguntarle. Antes de ir al colegio, temprano todavía, se les oía gritar entre prisas y consejos maternos; luego hacia las tres de la tarde volvían jubilosos y corriendo como en un caleidoscopio de felicidad que comenzaba con la comida.
Los observaba a través del seto que hacía de linde con la otra finca, olfateando con el hocico y dirigiendo sus rígidas orejas hacia la casa. Casi no eran más que sombras pero su vitalidad le había llamado poderosamente la atención.
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