El tiempo se había vuelto inestable, lluvioso en ocasiones; el viento azotaba con furia el tejado de la cuadra emitiendo un zumbido molesto. Nailu se inquietó mucho al principio porque no sabía muy bien cómo era este sitio nuevo al que le habían traído. En realidad se parecía mucho a otro que tuvo en una etapa anterior, cuando era un potrillo dulce y confiado que se dejó domar sin problemas; pero de eso hacía ya mucho tiempo y sólo quedaban algunos trozos inconexos en su corteza cerebral equina.
La primavera se estaba retrasando demasiado este año a pesar de haber florecido ya los almendros; era como si la noche apaisada se hubiera adueñado del tiempo y los días permanecieran secuestrados por encantamiento. Podía recordar lejanamente las carreras en las que era protagonista, sin embargo tampoco echaba de menos ningún cariño especial; su mente había reseteado de alguna manera todo aquel tiempo vivido y se había dispuesto a superar las contingencias que le proporcionaba el oscuro invierno. Su Jockey no era más que una vaga imagen con la vara de montar sujeta con el brazo y presta para azuzarle en la competición.
No salía el sol por las mañanas, tan sólo una claridad que se aferraba a permanecer unas horas para contrarrestar un frío y una humedad penetrantes. Cuando terminaban cayendo los pétalos del almendro, la ventisca arremetía furiosa sobre los estambres mustios. A pesar de todo, ya se comenzaban a percibir los primeros brotes tiernos en el tallo que querían parecerse a hojas verdes cubiertas de rocío.
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