En los Arribes del Duero

En los Arribes del Duero
Cerca de la Naturaleza, próximos a la amistad

viernes, 28 de marzo de 2014

Cuento para poner un final

Resonaban voces conocidas fuera de la cuadra. Sí, eran ellos, o al menos algunos de ellos, de los cuidadores que lo limpiaban y peinaban antes de venir junto al mar. Escuchaba palabras sin significado para su corteza cerebral, frases inconexas con un tono nervioso y apresurado. De repente acudían a su recuerdo imágenes del pasado, conversaciones parecidas y prisas incomprensibles. Aquí se había acostumbrado al ritmo de las olas y a las vocecillas de los niños ¡Era esto tan diferente de lo que conoció durante tantos años...! No le quedaba claro nada de nada; los hombres seguían hablando y él se aferraba a su celda, aquel reducido espacio en el que recibía grano y terrones de azúcar envueltos en caricias infantiles. Se había convertido en una especie de ritual: al regresar de las clases, los niños corrían a su encuentro para tocarle el hocico y susurrarle al oído. A veces se encontraba con la blancura de las tizas en su oreja, otras con el polvo de unos libros encerrados junto a los ojos, otras con el sudor de las carreras por el patio humedeciendo sus labios..., hasta en ocasiones con la confidencia de una ilusión rota expresada inocentemente. La primavera era más que una realidad a pesar de las sombras, el cielo  se desbordaba luminoso hasta bien vencida la tarde y los amaneceres frescos emanaban el perfume de un campo florido ¿Es que se lo iban a llevar para volver a las carreras?

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