En algún rincón de sus circunvoluciones cerebrales, Nailu almacenaba imágenes de las carreras. Todo ese conjunto de sensaciones agridulces del pasado se había ido desvaneciendo con el paso de los meses en este Sur. A lo largo de los atardeceres, las voces inconfundibles de sus niños le fueron llenando su equina mente hasta transformarla parcialmente y generarle una especie de amnesia desconocida.
Por lo que podía oler con su largo hocico negro, no quedaba claro el nuevo lugar para instalar su cuadra; todo eran conjeturas, imprecisiones, palabras huecas y frío, sobre todo mucho frío, un frío primaveral que surgía del interior de sus tuétanos y le hacía tiritar en toda la longitud de su espinazo. Aquellos cuidadores no parecían mirarlo con el respeto de antes, incluso dejaban entrever que no le habían conocido nunca, que su imagen de galopadas al viento no había sido más que un manojo de sueños entrelazados con la fantasía. La confusión estaba llegando a límites insospechados para él, un pura sangre, un caballo al que no podían reprocharle que no se hubiera dejado la vida en aquellas carreras que también a él ya comenzaban a parecerle irreales.
Mientras la luz se adueñaba de los días, había aprendido a dejarse pellizcar detrás de sus orejotas y a recibir el heno de la mano de aquellos soñadores de pantalón corto y merienda inaplazable. También se había acostumbrado al timbre de sus vocecillas, al calor de sus caricias en los costillares donde, aunque sonaba un poco hueco, conservaba cada noche el tacto de los pies descalzos cuando lo montaban a la grupa dos o tres de ellos ¿En qué puede consistir la felicidad de un caballo?
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